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IBA CAMINANDO

Iba caminando, como cualquier otra persona. UNAS veces deprisa, las más. OTRAS, cuando era un poco más consciente, algo más despacio. Veía al resto que caminaban igual que YO y eso me hacía sentirme que formaba parte del grupo. No me estaba quedando atrás, lo estaba haciendo bien.

Iba caminando  y vislumbraba un largo camino, con unas cuantas curvas que tendría que pasar con cuidado, algún que otro bache que sortear y unos pequeños charcos que sin duda no serían difíciles de saltar. Por eso seguía caminando, sin detenerme a mirar las mariposas que pasaban a mi lado, a oler las flores que me encontraba, escuchar el cantar de los pájaros, los árboles que a uno y otro lado del camino se alzaban majestuosos. Sólo me preocupaba de no quedarme atrás.

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Iba caminando y en mi caminar me fui encontrando con distintos animales. Todos diferentes, grandes, peludos, alegres, despreocupados, egoístas, amables, de colores, también los había en blanco y negro… Algunos ni los veía. Otros se quedaban ahí parados viéndome pasar o incluso me acompañaban durante un rato. También había muchos que a poca distancia me seguían sin perderme de vista.

Iba caminando y el cielo se antojaba azul, el sol brillaba. En el horizonte alguna nube, pero nada fuera de lo común. Ya me había ido acostumbrando a ellas y no era difícil resguardarme. Después de todo ya tenía una edad y como bien sabido es “la experiencia es un grado”.

Iba caminando y solo miraba al frente. Por eso no lo vi venir. Tampoco hubiera podido hacer nada por evitarlo. Era demasiado grande para enfrentarme sola.

Iba caminando y escuché algo pero no puse atención. “Se irá como siempre lo hace”, me dije a mí misma. Y decidí seguir caminando. Pude ver que las nubes eran algo más grandes y oscuras. Pero pensé. “Se irá como siempre lo hace”. Y decidí seguir caminando. Y entonces de no sabe donde surgió una enorme roca, negra, humeante. Una roca que me hizo detenerme. Por primera vez en mi vida tuve que parar y pararlo todo. Y no pude decidir, y no supe qué hacer, y mi cabeza no podía pensar. Y miré a un lado y a otro. Sorprendida fui consciente que los demás también se habían detenido. Sentí una enorme rabia en mi interior. Comencé a gritar, a insultar al resto a echar la culpa a los demás, a Dios, al Universo… de lo que estaba pasando.

Ya no podía caminar hacia ningún lado y me sentí sola. Ninguno de los animales que a lo largo de mi camino me habían acompañado o con los que me había encontrado estaban ya allí. Tampoco lo estaban los pájaros, las flores, los árboles….solo YO Y LA ROCA. Pensé cómo apartarla de allí. Era demasiado pesada para empujarla. Tampoco podía subir por ella porque estaba demasiado caliente. Me senté. Esperé. No podía hacer otra cosa. Al principio sentí rabia, tenía prisa por llegar a mi nueva parada. Comencé a caer en la cantidad de cosas que tenía por hacer. Y sentí impotencia y tristeza. Y como no podía hacer nada seguí sentada. Luego entendí que sentarme un ratito no me venía mal. Me sentí cansada, había caminado muy deprisa últimamente. Respiré y empecé a mirar a mi alrededor. Y descubrí un nuevo cielo en el que convivían otros colores, azul, violeta, anaranjado, rosa…. El asfalto del camino era mullido como la hierba fresca y me sorprendí por ello. El aire olía a lavanda. Observé mis manos. Tenían manchas que delataban mi caminar. Mis pies doloridos, se veían rudos, ásperos, mi pelo cano. Y me sentí triste, abatida, confusa, impotente…  una desconocida para mí misma.

Ya no podía caminar pero los días pasaban y la roca no se movía. No podía hacer nada. Solo seguir sentada y esperar. Y con la espera vino la desesperanza. Comencé a echar de menos un banco en el que sentarme, una flor que contemplar, alguien con quien conversar y sobre todo a  QUIÉN  abrazar. Y día a día, con paciencia, poquito a poco descubrí algo diferente, me vi desnuda como nunca antes lo había hecho, el camino recorrido, lo que había dejado, lo que había encontrado y lo entendí. Todo lo que era, me gustara más o menos, había hecho que estuviera en ese preciso instante allí.

Y allí, sentada, esperando una nueva oportunidad que me permitiera mostrarme tal como era, decidí ACEPTARME.

Ya no podía caminar pero podía sentir. Y en mi latir sentí el latir de los demás. Volví a mirar la  roca. Ya no era tan grande. Ni siquiera tan negra. Empujé con fuerza, a ratitos, quité los trozos que se iban desprendiendo y día a día se fue haciendo pequeña, pequeña, pequeña…hasta que desapareció.

El camino se veía ahora claro, al azul del cielo había regresado. Di las gracias, me descalcé y volví a caminar. Sentí lo mullido del asfalto. Una suave brisa acarició mis canas, el olor a lavanda se mezcló con el del jazmín, respiré las flores, me tumbé en el banco a escuchar el trinar de los pájaros. Caminé tranquila, sin prisa. Vi al topo, le saludé; la urraca, que no me reconoció; el ciempiés…y a lo lejos diminutos los divisé, a todos ellos. Ahí estaban esperándome. Fue la última vez en mi vida que volví a correr. Solo para abrazarlos, sentirlos, tocarlos, olerlos, verlos, escuchar sus voces…saborear cada nuevo minuto que compartía con ellos.

Iba caminando y ME descubrí en un NUEVO MUNDO.

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