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SE LLAMABA ANSIEDAD…

“Un nudo en el estómago, casi siempre de color negro, tiene forma de torbellino. Como si fuera un remolino de los que se forman en los ríos, que dan la sensación de que te va a tragar entera. 

¡No puedo respirar! Me falta el aire desde el pecho. Tengo que hincharlo para sentir que entra en mi cuerpo y conseguir la tan ansiada tranquilidad.

Mi cuerpo tiembla. Primero por dentro. Siento que mi estómago vibra en mi interior. De dentro a fuera. Las piernas, el cuerpo…tiene que parar. Tengo que hacer que pare. No hacerlo hace que se agrave más, que mis brazos, mis manos e incluso mi cabeza tiemblen también.

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Me mareo, tengo que agarrarme a la pared para poder avanzar. Todo baila a mí alrededor. Mis ojos no pueden fijarse en el objetivo. La cabeza no puede pensar.

Miles de hormigas recorren mis manos, luego mis brazos. Mis piernas albergan otro ejército de ellas. Sacudo mi cuerpo, lo golpeo…pero no consigo que se vayan.

Estoy nerviosa, muy nerviosa, tanto que no puedo controlar esos nervios buenos que preceden a un momento importante, en el que parte de ti entra en juego. Me jugarán una mala pasada. No seré capaz de hacerlo, mi cabeza no responde, mi cuerpo se rompe por dentro.

Locura, no controlo mis pensamientos. Van a toda velocidad. ¿Dónde está el volante?  No puedo controlar hacia donde voy. Miedooooooooooo, angustia, caos, vergüenza. Voy a perderlo todo.

Muerte. Se acabó. Hasta aquí he llegado. Consuelo. Descanso. Resistencia. Quiero seguir aquí. Me quedan sueños que cumplir. Impotencia. Rabia. Fuerza. Vida.”

SE LLAMABA ANSIEDAD, y sigo llamándola así…

Al final decidí convertirla en mi aliada, no diré que mi amiga, puesto que mis amigas me proporcionan mejores y gratificantes momentos, pero sí mi compañera de viaje, alguien que cuanto menos me hace estar alerta y recordar lo importante de PARAR(ME), MIRAR(ME) Y CUIDAR(ME).

Fue duro el camino. Al comienzo mi única obsesión era eliminarla, echarla de mi vida, dejar de sentir todo lo que me provocaba; la angustia, el miedo, la falta de control de la situación, la soledad, el no entender qué estaba pasando.

Comprendí que ese no era el camino. Que se había instalado en mi vida para mostrarme lo que yo no era capaz de ver.

“Algo no está funcionando…”

“¿Hace cuánto tiempo no te tomas un café contigo misma y te cuentas cómo estás?”

“Escucha a tu cuerpo. Él sabe lo que es bueno para ti y sobre todo lo que NO lo es.”

“¿Qué es lo que TU necesitas?”

Y DE PASO ME ENSEÑÓ…

Que no pasaba nada por dejarme arrastrar por aquel torbellino. Él sabía cuál era el camino.

Que la necesidad de aire refleja aquello que necesito y no tengo para seguir viviendo.

Que al temblar mi cuerpo está soltando el estrés acumulado, el que ya no es bueno para mi buen funcionamiento vital.

Que el mareo es un reflejo del exceso de estímulos en mi vida, de la locura que habita en ella.

Que el hormigueo de mi cuerpo es la manifestación del mismo, pidiendo una parada técnica para poder seguir adelante.

Que mi cuerpo se rompe por dentro porque le duele el abandono al que está sometido.

Que la locura, me cura. Me muestra mis debilidades y eso me hace más fuerte.

Que asomarme a la muerte me permite hacer balance y seguir el camino por donde realmente quiero hacerlo. Vivo un poco más y muero un poco menos.

Mi aliada, mi compañera, me ha enseñado a CONOCERME mejor, a RESPETARME, a QUERERME, a CUIDARME a ESCUCHARME más. Sigue conmigo, no me abandona porque entiende que aún la necesito pero a temporadas se va de vacaciones, cada vez más a menudo, y confía en que soy capaz de continuar caminando sin que ella esté siempre presente.